“Ohne Respekt. Eine soziale Krise” aka “Sin respeto. Una crisis social” (2026) Byung-Chul Han. Ed. Paidós

Review by Fernando Figueroa

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Justicia, rendimiento y respeto: ensayo sinóptico de la lectura de Byung-Chul Han

Byung Han contrapone dos modos de organizar la vida en común. De un lado está la sociedad justa que John Rawls describe en Teoría de la justicia (1971): una sociedad fundada en la igualdad de derechos, en la comunidad y en el autorrespeto. Del otro está -y esto implica que ya estemos familiarizados con sus tesis de Burnout Society (La Sociedad del cansancio), la sociedad neoliberal del rendimiento, que sintetiza el valor de las personas a su éxito y, por esa vía, produce exclusión y humillación. No se limita a oponer dos modelos abstractos. Muestra cómo el desplazamiento del ideal justo de Rawls por el segundo, y su inevitable transformación del reconocimiento en una competencia por el estatus, lo cual debilita los vínculos que amortiguan el fracaso, convierte el malestar en una violencia dispersa y, finalmente, impide que quienes padecen esa violencia se reconozcan como compañeros de una misma lucha. El cierre no es descriptivo: frente a la descomposición de la convivencia, el texto recupera, con Richard Sennett, una imagen práctica del respeto mutuo. La tesis que articula el conjunto puede formularse así: una sociedad se descompone cuando obliga a sus miembros a competir por el reconocimiento de su valor, y puede sostener una vida común cuando ese reconocimiento constituye el punto de partida de las relaciones, y no el premio reservado a los vencedores.

I. La justicia como fundamento de la vida común

El primer movimiento del texto restituye el lugar que la justicia ocupa en Rawls. Todo proyecto razonable de vida tiene valor por sí mismo. No debe juzgarse únicamente por su rendimiento, ni compararse de manera jerárquica con otros modos de vida. Esa afirmación corta de raíz la lógica que más tarde se criticará: si cada forma de vida solo vale en la medida en que rinde, la pluralidad de proyectos queda sometida a una sola medida, y quienes no alcanzan esa medida quedan fuera del reconocimiento. Los proyectos individuales, sin embargo, no flotan en el vacío. Deben respetar los principios comunes de justicia y articularse en una sociedad que todos puedan apreciar y disfrutar. La libertad de cada uno no se opone aquí a la pertenencia; se ejerce dentro de un marco que hace posible que los demás también ejerzan la suya.

De esa premisa se sigue una tesis decisiva sobre el autorrespeto. Su fundamento no es la cantidad de beneficios materiales que recibe una persona. No se sostiene en la riqueza, en el patrimonio ni en la posición alcanzada en una carrera. Se sostiene en una distribución pública e igualitaria de derechos y libertades fundamentales. La igualdad de derechos civiles permite que todos tengan una posición social segura y se reconozcan como iguales. El respeto por uno mismo no es, en esta lectura, un sentimiento privado que cada cual deba fabricar con sus logros. Es el efecto de una estructura institucional que declara, de antemano, que nadie necesita conquistar el derecho a ser tenido por igual.

La comunidad completa ese fundamento. Los «lazos asociativos» fortalecen la confianza de los individuos, ofrecen apoyo cuando aparecen dificultades y amortiguan los efectos del fracaso. En una sociedad bien ordenada, fracasar no debería convertir a alguien en un «perdedor» abandonado, humillado o llevado al desprecio de sí mismo. El fracaso puede doler, puede exigir corrección, puede incluso producir vergüenza; lo que no debe producir es la expulsión del círculo de quienes se reconocen mutuamente. Aquí aparece una distinción que el texto explota más adelante. La vergüenza moral cumple una función integradora: la persona no se avergüenza de su fracaso como tal, sino de carecer de las virtudes que ella y sus compañeros valoran. Esa vergüenza presupone un sistema de valores compartido. Importa no poseer las cualidades morales a las que se aspira, y esa falta solo duele porque existe un nosotros que las considera valiosas. Por eso el texto interpreta la creciente desvergüenza como un indicio de deterioro de esos valores y de decadencia social. Donde ya no hay un bien común que pueda avergonzar, tampoco hay una comunidad capaz de sostener a quien tropieza.

El pasaje sitúa esta propuesta en su contexto histórico. Rawls publica Teoría de la justicia en 1971, en una época de confianza en la comunidad, en el bien común y en los modelos socialdemócratas de orientación keynesiana. El texto contrasta ese clima con el ascenso del neoliberalismo, asociado en el fragmento con Ronald Reagan y los años ochenta. No se trata de una nostalgia decorativa. El contraste histórico permite ver que la sociedad bien ordenada no es una utopía sin fecha, sino una respuesta a un momento en el que todavía parecía razonable pensar la vida común desde la igualdad de derechos y no desde el rendimiento.

II. El desplazamiento: del respeto incondicional al respeto condicionado

Pero la crítica a la sociedad neoliberal del rendimiento ocupa el segundo movimiento o digámoslo más llanamente, el núcleo de relevancia de Han. En ella, el éxito y la acumulación de poder y riqueza pasan a definir la posición de las personas. La lógica de «el ganador se queda con todo» produce numerosos perdedores. Quienes quedan excluidos experimentan falta de respeto, abandono y humillación. La pérdida del sentimiento de pertenencia termina fracturando la sociedad. El contraste puede ordenarse en cinco aspectos. En la sociedad bien ordenada de Rawls, el criterio organizador es la justicia y la igualdad de derechos; en la sociedad del rendimiento, el criterio es el éxito. La base del respeto personal es, en un caso, el reconocimiento como ciudadano igual y, en el otro, la valoración ligada al éxito. La respuesta al fracaso es el apoyo comunitario o, por el contrario, el abandono y la humillación. Los vínculos sociales son de cooperación y pertenencia, o de exclusión de los «perdedores». El resultado es la integración o la fractura.

El fragmento desarrolla una consecuencia de esa crítica. Cuando el respeto deja de reconocerse a todas las personas y se convierte en una recompensa por el éxito, la convivencia se transforma en una competencia por el estatus. Esa transformación debilita la comunidad, alimenta el miedo al desprestigio y favorece formas de violencia contra los demás y contra uno mismo. La referencia a El juego del calamar funciona como imagen extrema de esa lógica: para vencer, los participantes tienen que eliminar a sus competidores. El triunfo de unos implica la derrota y la exclusión de otros. La expresión «muertos en vida» describe la condición de quienes, aunque siguen existiendo, quedan privados de reconocimiento y pertenencia. El autor añade que la violencia del sistema puede volverse contra el propio individuo y adoptar formas suicidas. Conviene leer esa consecuencia como lo que es: una tesis del argumento, no una explicación detallada de todos los factores del suicidio.


El régimen neoliberal aparece descrito como un sistema que convierte a cada persona en «empresario de sí mismo»: alguien obligado a luchar individualmente por su posición. Al mismo tiempo se rompen los vínculos que antes ofrecían apoyo y protección frente al fracaso. La secuencia que propone el texto es estricta. Se debilitan los lazos comunitarios. Quien fracasa deja de sentirse acogido. La falta de apoyo se convierte en humillación y desconfianza hacia sí mismo. Esa desconfianza puede llegar al odio contra uno mismo. El problema, por tanto, no es únicamente perder una competencia. Es afrontar esa pérdida sin un entorno que preserve el sentimiento de ser una persona valiosa.

El pasaje contrapone, en ese punto, dos maneras de entender el respeto. El respeto incondicional se reconoce a cada ser humano como sujeto moral; no necesita conquistarse mediante el éxito y no desaparece por un fracaso. El respeto condicionado se obtiene mediante resultados individuales, exige competir por una posición superior y se pierde cuando disminuye el estatus. La crítica apunta al desplazamiento del primer modelo por el segundo: la persona ya no se siente respetada por lo que es, sino por lo que logra. En esa lógica, el estatus se mide mediante la profesión, la carrera, los ingresos y el patrimonio. El dinero y el poder desplazan a la igualdad de derechos como fundamento del reconocimiento social. A ese desplazamiento se refiere el texto cuando afirma que la «idea del bien» cede ante el «materialismo de la propiedad».

Cuando todos intentan ascender y evitar quedar por debajo de los demás, la vida social se convierte en una competencia permanente. Cada uno se concentra en su bienestar particular y pierde fuerza la preocupación por un bien compartido. El autor establece entonces una oposición de principios: la justicia une y reconcilia a los miembros de la sociedad; el rendimiento, convertido en criterio dominante de valoración, los divide y fragmenta. En este argumento, la «lucha por el respeto» no designa una reivindicación de derechos iguales, sino una carrera competitiva por obtener prestigio y no perder posición. Esa distinción permite entender por qué el pasaje la presenta como incompatible con el bien común.

La comparación constante produce, además, miedo al desprestigio. La competencia no afecta únicamente a quienes ya han perdido. El temor atraviesa todas las capas sociales. Cada persona compara su posición con la de los demás y teme descender, equivocarse o ser considerada de menor valor. El estatus no ofrece una seguridad definitiva. Como depende de la comparación, debe defenderse continuamente. El reconocimiento se vuelve frágil: perder posición amenaza también la valoración que la persona recibe y la que hace de sí misma. El hilo puede resumirse en una cadena: respeto condicionado al éxito, lucha por el estatus, comparación y miedo al desprestigio, debilitamiento de la solidaridad, aislamiento y humillación, agresiones contra los demás o contra uno mismo, descomposición de la convivencia. La tesis no es simplemente que exista violencia entre individuos, sino que una organización social basada en la competencia permanente puede producir las condiciones que la alimentan.

III. De la humillación a la guerra civil molecular

La frustración se expresa en lo que el fragmento, siguiendo a Hans Magnus Enzensberger y su ensayo Perspectivas de guerra civil, llama «guerra civil molecular». Se trata de una violencia dispersa que surge dentro de la sociedad, sin frentes definidos ni declaración formal de guerra. Aparece en pequeños focos que penetran la vida cotidiana. Los ejemplos citados incluyen el deterioro y la destrucción de espacios comunes, el mobiliario escolar destrozado, los neumáticos pinchados, los teléfonos públicos inutilizados y los automóviles incendiados. En la interpretación que recoge el pasaje, estos actos expresan una hostilidad contra lo que todavía permanece íntegro o funciona. El odio al entorno se entrelaza con el odio hacia uno mismo: la destrucción exterior manifiesta también una fractura interior.

En esta tercera imagen, Byung-Chul Han da un paso más. La competencia por el reconocimiento no solo rompe los vínculos comunitarios, sino que impide que quienes sufren sus consecuencias se organicen para cambiar su situación. La fragmentación transforma el malestar compartido en agresiones dispersas y en hostilidad contra uno mismo, en lugar de convertirlo en una lucha colectiva. La continuidad entre las tres imágenes puede expresarse así. La primera muestra cómo la sociedad justa sostiene el respeto personal mediante derechos iguales y apoyo comunitario. La segunda muestra cómo la sociedad del rendimiento sustituye ese reconocimiento por una competencia por el estatus. La tercera muestra que los individuos aislados no convierten su humillación en solidaridad: su malestar se descarga de forma destructiva y sin un objetivo común.

Han presenta a los «perdedores» como la avanzadilla de la guerra civil molecular. Las ofensas y humillaciones que reciben se convierten en violencia. Sin embargo, no interpreta esa violencia como la expresión de un yo fuerte que busca imponerse, sino como la reacción de un yo dañado, debilitado y vacío. La diferencia es importante. Estos sujetos no actúan como héroes que afirman una identidad o defienden una causa. Son «antihéroes» cuya relación consigo mismos y con los demás se ha deteriorado. La agresión no reafirma su personalidad; expresa su descomposición. En este contexto, el pasaje emplea «autismo» para nombrar una ruptura de la relación consigo mismo y con los otros. Dentro del argumento funciona como una caracterización de ese aislamiento, no como un diagnóstico clínico de las personas descritas.

Han distingue, además, dos figuras producidas por el régimen neoliberal. El «empresario de sí mismo» se exige rendimiento y termina sometiéndose a la autoexplotación y al desgaste. El «enemigo de sí mismo» se relaciona consigo mismo mediante el autoodio y la vergüenza. En ambas figuras, el conflicto se vuelve interior: el individuo ejerce contra sí mismo una presión o una hostilidad que lo destruye. La guerra civil molecular no necesita un enemigo claramente identificado. La agresión puede dirigirse contra cualquiera, contra el entorno o contra el propio sujeto. Han interpreta el suicidio desde este marco como una expresión extrema de esa guerra contra uno mismo. De nuevo, esa es la lectura del pasaje, no una explicación exhaustiva de cada caso.

El texto sostiene que estos antihéroes no actúan impulsados por ideales o convicciones capaces de orientar su violencia hacia un objetivo político. Su furia no busca construir un orden distinto: desemboca en una destrucción sin sentido. Aquí Han recoge el diagnóstico de Enzensberger: las justificaciones ideológicas pueden convertirse en consignas vacías, utilizadas para encubrir la falta de un propósito real. El ejemplo de la «germanidad» ilustra ese uso de una identidad proclamada como máscara, más que como una convicción sustantiva. La distinción que organiza el argumento es clara. Una lucha política tiene un adversario definido y un horizonte de transformación. La violencia molecular se dispersa, carece de dirección común y puede destruir también a quien la ejerce.

IV. Economía, precariado y la imposibilidad de la lucha selectiva

El desacuerdo con Enzensberger permite precisar el alcance político del diagnóstico. Enzensberger reconoce que el mercado mundial produce más perdedores y menos ganadores, pero cuestiona que los desequilibrios económicos expliquen la guerra civil molecular según el esquema de una lucha de clases. Su observación es que los perjudicados no se reúnen bajo una bandera común: aceleran su propia destrucción. Han objeta el paso de esa observación a la explicación del fenómeno. Que no aparezca una revolución de clase no demuestra que la violencia esté desvinculada de las turbulencias económicas. Para él, hay que examinar cómo el régimen neoliberal organiza las relaciones entre las personas. El sufrimiento económico no desaparece como factor; lo que cambia es la posibilidad de convertirlo en una acción colectiva. La competencia y el aislamiento impiden que quienes lo padecen se reconozcan como compañeros de una misma lucha.

De ahí el contraste entre el movimiento obrero clásico y los perdedores de la sociedad del rendimiento. Según la descripción del pasaje, los trabajadores podían reconocerse como miembros de una clase oprimida, solidarizarse y dirigir su lucha contra una clase dominante. En cambio, la competencia neoliberal enfrenta a las personas entre sí, incluso cuando comparten una situación desfavorable. En el movimiento obrero, el vínculo entre sus integrantes es la solidaridad de clase; entre los perdedores del rendimiento, el vínculo es el aislamiento y la competencia. La experiencia del conflicto es, en un caso, lucha común contra una dominación y, en el otro, lucha individual por el reconocimiento. La dirección de la acción pasa de un adversario identificado a una agresión no selectiva. El resultado que destaca Han es la movilización colectiva frente al autoodio y la destrucción dispersa.

Esta es la base de la diferencia que establece entre proletariado y precariado: compartir condiciones desfavorables no basta para constituir un sujeto colectivo capaz de actuar unido. Cuando Han afirma que en el régimen neoliberal no es posible una revolución dirigida selectivamente contra la clase dominante o el sistema, formula una tesis fuerte: la lucha por el respeto separa a quienes podrían unirse. Conviene leerla como parte de su diagnóstico filosófico, no como una demostración de que toda organización colectiva sea imposible. La frase no cierra la historia; describe un mecanismo. Mientras el reconocimiento se disputa como un bien escaso, quienes podrían reconocer una condición compartida se perciben como rivales.

V. Las redes sociales y la crisis del autorrespeto

En el último tramo visible de esa argumentación, Han traslada el problema al espacio digital. Allí la lucha por el respeto adopta la forma de una lucha por la atención. Quien no recibe una respuesta positiva puede experimentar esa ausencia como ofensa, humillación o rechazo social. La relación que plantea es una nueva cadena: falta de atención o de respuesta positiva, sensación de no ser reconocido, experiencia de exclusión, aparición de nuevos «perdedores». Las redes sociales aparecen así como otro escenario donde el reconocimiento se distribuye competitivamente.

La imagen se completa en el fragmento siguiente. La ausencia de reconocimiento en las redes sociales puede conducir, según Han, a una crisis existencial, especialmente entre los adolescentes. El problema no consiste únicamente en recibir poca atención, sino en experimentar esa falta de respuesta como una señal de que uno carece de valor. El fragmento describe tres mecanismos. La evaluación permanente de los demás convierte la propia imagen en objeto de juicio constante. La comparación continua genera inseguridad y ansiedad. Las imágenes ideales difundidas por los influencers alimentan la sensación de no ser suficiente y de no alcanzar las propias expectativas. El resultado es un deterioro del respeto hacia uno mismo: el individuo termina juzgándose desde modelos ante los cuales se siente insuficiente. A ello se añaden formas explícitas de agresión —linchamiento digital, ciberacoso laboral y humillación pública o shaming— que, en el diagnóstico de Han, producen exclusión y destruyen la cohesión social.

VI. El giro normativo: el jazz social

Después de describir la competencia, el aislamiento y la agresión, Han introduce una alternativa mediante Richard Sennett y su obra El respeto: sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad. Sennett expresa la esperanza de que la música y las artes escénicas ayuden a comprender cómo se practica el respeto mutuo. El giro es significativo. El respeto ya no aparece como un premio que cada individuo debe conquistar, sino como una relación que permite hacer algo juntos. En vez de preguntar quién merece más reconocimiento, la atención se desplaza hacia las condiciones que hacen posible la cooperación.

Han presenta la comunidad musical como una imagen de la convivencia basada en el respeto. Para que los músicos se coordinen y la improvisación funcione, necesitan reconocerse mutuamente y participar en una creación compartida. La metáfora del «jazz social» reúne cuatro elementos. El primero es el respeto mutuo e incondicional: los participantes no tienen que disputar su derecho a ser reconocidos. El segundo es la coordinación: la acción de cada uno se articula con la de los demás. El tercero son los ideales comunes: existe una orientación compartida que sostiene la actividad. El cuarto es el sentido comunitario: los músicos forman una «comunidad sonora», no una suma de competidores aislados. La frase decisiva es que los músicos no actúan unos contra otros, sino que tocan unos con otros. En esta imagen ideal, la participación ajena no es un obstáculo para el propio logro: es una condición de la creación conjunta.

La referencia a la improvisación añade un matiz que impide leer la metáfora como una apología de la uniformidad. La armonía no requiere eliminar la iniciativa individual. El texto presenta una actividad en la que esa iniciativa puede desarrollarse gracias a una relación de respeto y coordinación. Como lectura de la metáfora, puede decirse que Han no contrapone simplemente individuo y comunidad. Contrapone dos formas de relación entre ellos. En la sociedad del rendimiento, cada persona compite por su reconocimiento, el otro aparece como rival, la comparación amenaza el valor personal y la lucha por el estatus fragmenta. En la comunidad del «jazz social», el reconocimiento mutuo sostiene la participación, el otro aparece como compañero de creación, la cooperación permite una realización compartida y los ideales comunes vinculan. El contraste sintetiza el recorrido del argumento: de una sociedad que enfrenta a las personas a una comunidad en la que pueden actuar juntas.

VII. Cierre: de Rawls a Sennett

La última frase vuelve explícitamente a Rawls. Han afirma que esa comunidad sonora se parece a la sociedad bien ordenada descrita en la primera parte. El texto cierra así su recorrido mediante dos imágenes complementarias. Rawls ofrece el fundamento de justicia: derechos y libertades iguales, una posición ciudadana segura y vínculos que protegen el respeto por uno mismo. La referencia a Sennett y al jazz ofrece una imagen práctica del respeto: personas que coordinan sus acciones porque se reconocen mutuamente y comparten una orientación común. La conexión entre ambas es que el respeto no debe depender de vencer a otros. Debe constituir la base desde la cual cada persona pueda participar en la vida común.

Como conclusión interpretativa de los fragmentos puede formularse el corolario que recorre toda la lectura. Una sociedad se descompone cuando obliga a sus miembros a competir por el reconocimiento de su valor; puede sostener una vida común cuando ese reconocimiento constituye el punto de partida de sus relaciones, y no el premio reservado a los vencedores. La diferencia fundamental no está entre esforzarse y dejar de hacerlo, sino entre convertir el rendimiento en medida del valor humano y realizar actividades dentro de un marco de reconocimiento mutuo. En la primera lógica, el fracaso amenaza la pertenencia y puede alimentar humillación, aislamiento y violencia. En la segunda, la comunidad ofrece las condiciones para participar y crear con los demás.

l «jazz social» funciona, por tanto, como el contrapunto final de la «guerra civil molecular»: frente a la agresión dispersa de individuos separados, Han propone la imagen de una pluralidad coordinada por el respeto. Es un horizonte normativo de convivencia, no una demostración de que la música, por sí sola, pueda resolver las desigualdades y los conflictos descritos. La fuerza del cierre está precisamente en esa modestia. No promete que la improvisación musical sustituya a la justicia. Muestra que el respeto, para ser algo más que una consigna, tiene que poder practicarse como una relación en la que el otro no es el obstáculo del propio valor, sino la condición de una acción compartida.

Así se cierra el arco de la lectura. La sociedad justa de Rawls protege el autorrespeto mediante derechos iguales y lazos que amortiguan el fracaso. La sociedad neoliberal del rendimiento convierte ese respeto en un premio condicionado al éxito, produce perdedores y fractura la pertenencia. La competencia por el estatus alimenta el miedo al desprestigio y desemboca en una guerra civil molecular cuyos agentes son antihéroes dañados, empresarios de sí mismos vueltos enemigos de sí mismos. Esa violencia no se organiza como lucha de clase porque el precariado, a diferencia del proletariado descrito en el pasaje, compite en lugar de solidarizarse. Las redes sociales prolongan la misma lógica bajo la forma de una lucha por la atención, capaz de precipitar una crisis del autorrespeto. El contrapunto normativo no abandona el diagnóstico: lo responde con una imagen en la que el respeto vuelve a ser incondicional, la coordinación sustituye a la eliminación del rival y la vida común deja de medirse por quién se queda con todo.

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