Desde la sagrada virtud con la que contagia perplejidad, saludo esta joya rara. Su ambicioso aperitiv de los primeros 10 minutos supedita el ritmo narrativo, cual video musical, -y de paso el cinematography, cámara al hombro siguiendo al escritor y a Leonie su mujer- a la soberbia edición de Astrid Weyman, compuesta de una sinuosa elipsis de imágenes urbanas obedeciendo a la partitura de Heppener. La novela que es todo un éxito en la historia, otorga el título al filme y es por esa obra que le ofrecen a Wessel Franken adaptarla a película con solo tirar del hilo del director Jascha Freud. Tras las charlas con producción, de pronto Leonie, su mujer, ya no será la protagonista de la película, pero esa solo será la primera decepción de la musa desplazada, cuando Wessel la avisa que partirá solo a Roma para el rodaje sin que le acompañe, entonces sí comenzará la crisis del escritor, lo que para este recensor constituye la entrée del filme. El pulso experimental de Weisz es tan maravilloso, intercalando flashazos de silencio con sus dosis metódicas de elipsis que no oscurecen la madeja de la trama pero son suficientemente abstractas para agasajar al espectador que disfrute la Nouvelle Vague francesa, por ejemplo.

Fijaos en las secuencias elípticas similares a las del principio pero sin la música de fondo, me refiero a la parte en la que, para despejar su mente respecto al guión que le han encargado con tiempo límite para ser enviado a Roma, decide Wessel visitar a su amigo homosexual Danny quien vive con su pareja, décadas más joven Max Ophals (Max Ophüls , Max Ophals, riviera francesa, puf, extraño perfume a aquel cine francés con más reflectores) en la bella ciudad de Menton que se parece a Monte Carlo. Esta reiterada secuencia alterna pasajes solemnes de los diálogos de Danny que recuerdan a Milan Kundera justamente porque Max está a punto de abandonarlo después de mucho tiempo a su lado. Para colmo, la víspera a la partida de ambos, Max y Wessel a Roma, Danny le pone un vinilo con la Verklärte Nacht (Noche Transfigurada) op. 4 de Schönberg, la cual -de por sí- escrita para sexteto habla de la infidelidad de una mujer a su esposo y el anuncio al marido que espera un hijo del amante. Esta secuencia, y aquella en que Wessel se imagina a sus personajes con esa enormes palmas Howea forsteriana, no revelan si los silencios imaginados con la mujer gangster, los hampones y el presente extraño y tristemente azaroso con Danny entrado en años a punto de ser abandonado, son elipsis producto del proceso creativo del ahora guionista de su propia obra literaria, o son parte de una profunda deriva existencial por la que se justificaría su trato a Leonie y el tono expresionista que permea el filme.

Y esa atmósfera no cesará desde que el Austin se aleja con el piloto Max y el copiloto Wessel, el viejo, Andy, asciende envuelto en una toalla, como cada mañana, las cuantiosas escaleras rumbo a su villa en lo alto, solo que en esta ocasión si apoyarse del hombro de Max. En Roma solo se agudiza esa pérdida de brújula del escritor, y se evidencia desde que le presentan al guionista italiano que ha desbaratado su texto por fines comerciales “el mor no paga, el crimen sí”. Los desacuerdos se vuelven una grieta y después de acostarse con kitty la protagonista, se agrava más que eso no era lo que buscaba Wessel Franken, aquel que al final frente al Coliseo romano se despide cuando estaban filmando la película con un ripioso pero honesto mensaje de despedida. ¿Para regresar con Leonie a quien dedicó originalmente el libro? Cómo saberlo si ya ha devuelto incluso la mariposa de buena suerte para los viajeros que le prendió en la solapa Leonie.

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