Esta vez fue demasiado lejos Serling. ¿Una rebelión de robots domésticos?, no! La peligrosa evolución de la inteligencia artificial creada para servirnos, en una época en que apenas era común tener en los hogares TV. inquietante, pero sobre todo tempranísima advertencia del peligro de la evolución intelectual de un “programa humano” que ha sido creada artificialmente para nuestro servicio y antojo. Dudo mucho que su alarmante quid, a donde conduce esto quiero decir, se haya comprendido en ese entonces 1959, pero ni tantito menos que hoy, más de medio siglo después y la mejor prueba es la mediocre calificación de este episodio.

Que no haya sorpresa respecto a que, en una App, aunque en esta historia sea un robot, la hija -y solo sepamos que es máquina hasta el final- surjan dudas de su rutina y de la metacognición o el prurito de duda en Jana se pase a la completa renuencia a continuar con la vida normal (con sus funciones, sabremos al final) es completamente natural en jóvenes de la Generación Z o post-Millenials que nacieron no solo con internet, sino con redes sociales en las que pueden usar un nombre falso para insultar a otra persona, o desinformar editando una imagen o acontecimiento real. Una reseña en MUBi dice “no me pareció asombroso, quizá porque ya había visto Westworld” jaja. Westworld se transmite más de 50 años después ¿y lo compara con esta historia en que no se llegaba aun a la Luna? Otro espectador más dice, también en MUBI, ” si ya habéis leído relatos de Asimov, este no les sorprenderá”. Precisamente por haber leído ya a Asimov es que sorprende. Aquí no se trata de robots, se trata de la modificación autocomplaciente de los humanos ante la comodidad de la AI (aunque aún no se la nombre así por supuesto en el episodio de Twilight). Modificación en la perspectiva, en los escrúpulos, pero que no solo -inconciente o no- crea programas humanoides sirvientes para realizar las tareas del hogar, sino que no dudan en inventar afectos y necesidades emocionales y afectivas tan íntimas como una hija artificial como Jana. La diferencia es fina pero obvia. En esta historia el acento está en las personas, en el Dr. Loren y su mujer, no en robots como el Hombre del Bicentenario o como C3P0 que le dice a Luke “señor, si no me necesita, me apagaré por unos momentos” cuando Skaywalker recién conoció a Obi-Wan en Star Wars. En fin, ¿por qué espantarnos del dilema actual respecto a que muchos estudiantes usen la AI y no perciban el modo en que ellos mismos -en su proceso educativo- pierdan capacidades humanas (la amabilidad que se debe pulir entre semejante en el trato diario, la tolerancia que se debe practicar todos los días, etcétera) mediante el empleo de la tecnología para asistirlos y cumplir con su matrícula escolar? ¿Cómo van a percibir haber perdido o extrañar algo que nunca tuvieron a su disposición social y humana? Por ejemplo, el Dr. Loren y su esposa viven apacibles, cómodos y NO tienen hijos, fijaos de nueva cuenta, que estamos hablando de no tener hijos en la época de la Generación de posguerra de baby-boomers cuya máxima era el multiplicaos del Génesis. Eso entonces sería tan extraño o equivale hoy, como si una familia de 2026 viviera en Tokyo o en Berlín y brindara en Nochebuena por el próximo nacimiento de su séptimo hijo o hija, como ocurría en tiempos de mi abuela. Con este relato autorreferencial, queda manifiesto desde allá, la incapacidad de ver nuestra incapacidad para ser capaces de evitar todo sufrimiento. Ay, la tecnología ya daba miedo en 1959, pero el Dr. Loren está cómodo, como hoy todos los que vivimos usando AI para buscar, componer o hacer miles de cosas. La metacognición de Jana le alcanzó para preguntarse por su alrededor pero no llegó a su destino, su propio origen. Cuidado con la varianza que desees cuando eres parte creativa de un mundo con existencias confeccionadas para la comodidad y eficiencia sin arriesgar nada al vivir. ¿Hágalo usted mismo?

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