Ni siquiera un Quetzal repudiaría más su jaula que Terangi los barrotes de la cárcel. Saltará del Katopua al mar, al acantilado para escapar, por la ventana para huir…por tercera, cuarta vez. Luego tenemos a Dorothy Lamour, dios, qué hermosa de mujer. Las obras de culto se llaman así porque son icónicas de un estilo -o época como ocurre aquí- y escapan a la congruencia racional; por ejemplo el guión facilón de profundidad Walt Disney de esta obra bastaría para que ni de broma hubiese conseguido un Oscar; y ni se diga respecto a la imbecilidad de Samuel Goldwyn de no haber autorizado locaciones reales en Samoa para los actores -salvo cinematografía secundaria de relleno para aspectos- a pesar de la protesta enérgica de John Ford.

Sin embargo el aura de The hurricane es irreprochable. No me decido si mi escena favorita es la boda al estilo polinesio, a quella de la caída del día inmediatamente después de escaparse a su nicho de amor, cuando ambos se besan en una toma abierta: palmeras, nubes densas de la tarde feneciente, y los enormes helechos Asplenius nidus en el paisaje hasta caer rendidos, hasta el amanecer, hasta que ella lo despierte con un beso y le relata preocupada su sueño de fuerte viento; o la escena donde ya recluido se lanza al acantilado y nadando con fiereza, le grita al capitán Nagle, casi alcanzando el Katopua que se aparta de la costa. También es bello cómo Marama jamás acepta separarse de Terangi y se cuela en cubierta del barco hasta que fue descubierta por Nagle y le retira su gorro de marinero segundo al mando a Terangi y ella regresa a Manukura. ¿Cómo imaginaría Terangi que en Tahití sería objeto de discriminación racial inherente a las vejaciones del colonialismo?

Se encarcela por 6 meses por defenderse del despreciable lord que le ordenaba despejara la mesa donde yacía apacible con sus compañeros de viaje. Lo golpea tan fuerte que le rompe la quijada, Terangi es llevado a prisión. Intento de escape, se agregan dos años, segundo intento, tercero…ya debe 16 años de prisión. 8 años después logra escapar y en una pequeña balsa, matando un tiburón para alimentarse en altamar sobrevive. EL gobernador de Manukura DeLaage, un tipo fatuo, siempre alardeando del respeto a la ley como el maldito Javert de Les miserables. Cuando Terangi vuelve a reencontrar a su bella esposa, Marama le presenta a su hija Tita parapetada entre las hojas de plátano y los Xantosoma robustum. La celebración o felicidad será breve, mucho. Enseguida llega el jefe Mehevi y le avisa a Terangi que ya se sabe que es prófugo y no tardará eñ gobernador DeLaage en ir a por él a cazarlo. Le propone llevarlos a la zona prohinida de Fenua Ino. Mal aque les pese aceptan pero justo entonces comienza a ingresar a la costa el fuerte viento del huracán. La escena es de al menos 20 minutos y los efectos -a pesar de errores de profundidad de campo obvios como por ejemplo el del árbol o tronco donde se supone están montados Terangi y su mujer, y luego la Madame esposa de DeLaage-, los efectos insisto, son óptimos para encontrarnos en una época en vísperas de iniciarse la Segunda Guerra Mundial, acando de pasar por la gran Depresión y sobre todo, una época en que incluso las tv apenas comenzaban a comercializarse en hpgares de personas muy adineradas, por ende, solo existía popular la radio y el cine. Es heroico el papel del padre Paul muriendo en su iglesia y tétrico a la vez tocando el órgano con los golpeteos del viento y el agua colándose en la desvencijada iglesia que por fin se desmorona y sirve de panteón a todos los mártires que cantaban. EL final es una lección para todos, desde Terangi y su rebeldía justificada hasta DeLaage quien permite escapar a Terangi y familia al usar el telescopio y reoetir con su esposa “tienes razón Germaine, solo veo un tronco flotando”.


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