Pocas veces existen novelas tan desafiantes e inteligentes para cuestionar el llegar a conocer la verdad de las otras personas fuera del Yo, -como a los familiares o amigos de la infancia y compañeros de academia en esta novela- para entender su mundo y conceder o no sus actos pero, simultáneamente también, ironiza con la escasa importancia, y por tanto verosimilitud de las memorias propias, desmonta la primera persona, desmiente al protagonista o narrador que ha llenado su hilo cronológico con micro universos narrativos de sus amigos. Esta novela no pudo publicarse por razones políticas por más de 10 años, irónicamente igual que la tesis del protagonista Madaras por su expulsión de la academia.

Suponga el lector que un estudiante de carrera realiza su tesis en la Hungría de 1961.István Madaras escribe su trabajo de fin de estudios, sin título hasta que, entre sueño y vigilia, le aparece la palabra “Mellékszereplők” que significa “Supporting Characters” o “Papeles secundarios”, título de la obra. Lo que entrega (y por cierto adelanto que las comillas de aquí en adelante son citas o frases literales de la novela) es una “monografía poco convencional”: “un dibujo del entorno, un informe sobre sus cuatro años de estudios y su entorno humano”, donde recoge historias, escenas, frases, gestos de todos los personajes que veremos desfilar en esta obra (Boncz, Imreh, Dán, Ferenc, Erik, Orsolya…). En ese gesto hay una inversión irónica: su tesis entonces, que lleva por título Mellékszereplők, convierte justamente a esos secundarios (el jefe de departamento libidinoso, la estudiante que aborta fingiendo un embarazo, el heredero de una industria venido a menos en camionero Ferenc, la “zorra de hígado blanco”, la chica del kayak, etc.) en protagonistas de un libro clandestino. La novela construye, a partir del día del juicio de divorcio de Ferenc Oroszi en 1961, una amplia red de recuerdos que van y vienen entre la academia, las calles de Budapest, la villa del Balaton y el exilio inglés, para contar la historia de Erik Szász y de toda una generación que “encuentra” o pierde su lugar en el mundo.En la superficie, el presente narrativo es extremadamente simple: Madaras e Erik salen del juicio en la calle Markó, caminan sin ganas por las calles, entran a una cafetería del Nagykörút, piden café y bollos y se quedan mirando por la ventana. El marco temporal se fija con una precisión casi burocrática a partir de detalles minúsculos del tráfico y del mobiliario urbano: “podemos determinar con certeza el año mil novecientos sesenta y uno… la estación finales de invierno, principios de primavera… el momento la hora punta de los funcionarios que vuelven a casa, las dos de la tarde… el seis de abril, un jueves, a las dos y diez de la tarde”. Ese presente está saturado, sin embargo, por dos “ausentes”: Dán Dóra, a quien Erik ha llamado desde la cabina (“Voy a llamar a Dán”) y que no acudió al juicio, y el propio Ferenc, sofista nato que ha convertido el divorcio en una escena de victoria jurídica. El el tipo de novela que invita a sacar notas por la inmoderada pero riquísima y profunda trama mediante largas analepsis que vuelven una y otra vez a la academia, al aula llamada Bábajága, a la inscripción “ESTA VENTANA ESTÁ SUCIA. 17 DE DICIEMBRE DE 1957”, y a la constelación de personajes que se formó allí y que el narrador, Madaras en primera persona recobra desde el juzgado: él mismo, Madaras, Dán, Julika, Erik, Hamza Erzsébet, Boncz Elemér, Imreh Pongrác. La inscripción en el polvo de la ventana se convierte en modelo de lenguaje mínimo, verdadero y verificable: “Lo que dijo solo se puede silenciar limpiando las ventanas, y entonces ya no estarán sucias”. En el tribunal de la calle Markó se celebró el juicio de divorcio de Ferenc Oroszi e Ildikó, y donde Erik declaró en lugar de la atractiva pero astuta Dán Dóra, ausente. Dán Dóra era amante de Ferenc y por ello la demanda, pero Dán elige una estratagema y avisa que está fuera de vacaciones para no poder testificar. Así, el destino de Erik queda marcado como amigo de Ferenc para cubrir a Dán. Por eso, el abogado de la esposa de Ferenc convierte a Erik en “cordero negro”: lo interroga con dureza, intentando extraer información sobre Dán y Ferenc, mientras Erik responde con extrema cautela. Frente al gesto casi infantil de la ventanas sucias, el juicio de divorcio es puro simulacro: “Todo el juicio, las pruebas materiales, los testigos reacios y los expedientes complacientes, las verdades superficiales… No había esperanza”. El autor de nuevo a través del narrador insiste en la idea de que “el verdadero relato” no se cuenta en el tribunal: allí solo se escenifica una versión superficial, jurídica, mientras las tramas de deseo, poder, dinero y prestigio quedan fuera de acta. El “verdadero relato” que no pudo emerger en el juicio: la historia de cómo se cruzan las vidas de Erik, Dán, Ferenc, Orsolya, Imreh Pongrác y el propio Madaras, que el resto del libro irá desplegando. Todo lo que le ocurre a Erik después se entiende como consecuencia, directa o indirecta, del juicio de divorcio de Ferenc en 1961.

En la noche de San Nicolás de 1970, Madaras escucha la frase “se quedó fuera” aplicada a Erik (se quedó en Inglaterra) y compara el impacto con la noticia de una muerte. Rememora cómo, tras el juicio, sabía que Erik no conseguiría un puesto en Budapest y terminaría en una ciudad industrial; Orsolya, la hermana de Erik había anticipado para él destinos como “director de un centro cultural en Stalinváros”.De hecho, Madaras sostiene que la imposibilidad de Erik de vivir fuera de Budapest es la clave de su fracaso: el exilio provincial, las deudas y el intento de empeñar el magnetófono de la casa de cultura en Budapest. Un aspecto crucial de la novela es el recuerdo de Madaras, del relato del episodio de la visita adolescente a la casa de los Szász fija el origen de su fascinación por la vida de Erik y por su hermana Orsolya, y, a la vez, la matriz visual de toda la novela. El piso cerca del jardín Károlyi, con sus salas en cadena, las estanterías saturadas y, al fondo, por supuesto, la habitación roja con papel de brocado, funciona como primera escena de iniciación: “Pensó… más bien lo sentía como un regalo… fuera de su conocimiento… una cosa increíblemente hermosa. Orsolya no lo sabía… que él estaba allí en la tercera habitación”. Fijaos en esta representación mental que se hace Madaras debido lo que Erik le contaba. El niño de diez años que lee, esperando a Erik y sabiendo, sin ser visto, que en la tercera pieza hay una muchacha desnuda en el diván rojo, es el Madaras que más tarde, ya adulto, intentará reconstruir su vida y la de sus amigos como si manejara un proyector: moviendo el tiempo fotograma a fotograma, aceptando solo “lo que puede verse”.

Ese cuarto rojo será luego heredado por Erik, cuando Orsolya se va a Inglaterra y él se “apropia” del espacio y de la cama de la hermana. La escena de su confesión (“Perdí mi virginidad”, dice, tumbado en ese mismo sofá) convierte la habitación en un archivo del deseo: allí se superponen el cuerpo ausente de Orsolya, la rubia “desmejorada” que será llamada más tarde “zorra de hígado blanco” y el propio cuerpo juvenil de Erik, orgulloso y confundido. Lo que Madaras recibe ese día como “regalo de confianza” (un relato sexual casi banal, que él, por falta de experiencia, recibe como revelación) será reescrito años después cuando Orsolya, en Oxford, le enseñe la carta de esa misma amiga, ya emigrada a Canadá, que describe en detalle cómo se acostó con Erik “el chico divino”, y añade: “tuvo que empezar con esto precisamente para que se pasara toda la vida gritando y utilizando a las mujeres como si fueran cepillos de dientes”. A partir de esa carta, Orsolya reconstruye retrospectivamente la escena del cuarto rojo: en el momento en que Erik se acuesta con la rubia, ella está cruzando la frontera en Hegyeshalom, y “solo tres personas sabían que no volvería”: Orsolya, la amiga y Erik.

Ya sabemos que Erik va en picada y ni siquiera puede regresar a Budapest a raíz de declarar en lo del divorcio del 61. Además le pide prestado dinero a Madaras y se ha casado y vive en provincia. Pero su hermana es la única que sí se inserta en la academia occidental. Orsolya es la única de ese grupo que, literalmente, sale del cuadro húngaro. Sabemos que se va a finales de 1946: “Erik me contó que Orsolya se había ido al oeste… había obtenido una beca para la Universidad de Oxford, conseguida por conocidos de su padre del M.I.T.; aún no habían olvidado al viejo Szász, pese a su libro impreso en papel amarillento”. La salida es doble: sentimental y social. Orsolya se niega a casarse con el financiero austríaco que la corteja, pero acepta su coche hasta la frontera; su verdadera meta es Oxford, no el matrimonio.
Los capítulos dedicados a la estancia de Madaras en la casa de Orsolya, muchos años más tarde, reescriben esa biografía desde el espacio: el “pequeño palacio” de las afueras de Oxford, el Bentley del ingeniero Norton, la chimenea donde se sientan a hablar al calor del fuego, la habitación con azulejos verdes y frascos de cosméticos apilados. La vida de Orsolya se presenta como una combinación de privilegio y precariedad: vive en un caserón histórico cedido por una anciana condesa, mantiene una relación con Norton, “cuerpo grande y musculoso”, mientras arrastra un problema médico que obliga a una futura operación, y carga con la etiqueta difamatoria que desde Budapest la presenta como “puta” de profesores y científicos (Imreh Pongrác, Auberon Randall, etc.).La conversación nocturna con Madaras delante del fuego en Oxford es decisiva: ella lo “comisiona” para que cuide de Erik, le pregunta una y otra vez “¿qué va a ser de él?”, y le cuenta la carta de Canadá: “Tu chico es un buen chico… describió con detalle cómo se acostó con mi hermano, la zorra… por eso tengo que conseguir dinero: para volar hasta allí y sacarle los ojos”. A partir de ahí, el narrador comprende que en la historia sexual de Erik hay algo más que anécdota: es un punto de torsión que, a ojos de Orsolya, encadena la forma en que él tratará a las mujeres en adelante. En cambio Erik pasó de ser niño bioquímico al exiliado fracasado. Sl principio adolescente aplicado, encerrado en su cuarto entre probetas de colores, insectos disecados y experimentos de bioquímica. Muy pronto, sin embargo, abandona esa vocación científica silenciosamente: “las probetas se rompieron y acabaron acumulando polvo en el trastero, junto con su colección de insectos”, mientras él deriva hacia las fotos, el coche Adler Junior, los bares de la calle Váci y una sociabilidad intensa, sobre todo con mujeres.el muchacho de 1,99 m, “delgado, inteligente, sensible, con piel blanca como la nieve”, que a los dieciocho se ha vuelto bello y concentra sobre sí la mirada de todas las mujeres en cafés y tranvías. Todos los amigos importantes de Madaras en la academia, descubre, son primero amigos de Erik: la estonia redonda, la morena de manos nerviosas, Erika, Ajna (“Estamos ciegos”)… Y, al mismo tiempo, todas las historias que se cuentan sobre él tienen un componente de huida: las deudas constantes, los préstamos nunca devueltos, el paso por el bar Pipacs, el aborto de una pareja, los “álbumes de arte carísimos”, el magnetófono empeñado, los intentos de cruzar la frontera occidental y meridional.

El juicio de divorcio de Ferenc Oroszi, en abril de 1961, es el punto en que ese destino se dobla definitivamente. Erik aparece allí como testigo en lugar de Dán Dóra, que se ha casado con Weszely y finge estar de luna de miel; la esposa de Ferenc lo convierte, con astucia, en “cordero negro” del caso. Durante el interrogatorio, Erik responde con monosílabos y juega nervioso con el botón dorado de la manga (heredado de su padre), mientras intenta proteger los detalles verdaderamente comprometedores de la historia de Dán y Ferenc. Tras la audiencia, en la cafetería del Nagykörút, se levanta diciendo: “Voy a llamar a Dán”, atraviesa la sala, entra en la cabina telefónica, y Madaras lo observa durante esos dos minutos “en que no pasa nada” salvo el flujo de la ciudad, los tranvías, los autobuses y las suelas sobre el asfalto.Ese teléfono es un punto de montaje: la narración corta desde la cabina al hotel Royal, donde Dán, con pantalones ajustados y zapatos de charol, escucha la voz de Erik desde la ventana, mientras Weszely, su marido de un día, está sentado en el borde de la cama, mirando la pared, convencido de que “no debería haber sobrevivido a la noche de ayer”. El montaje doble –Madaras viendo la calle desde la cafetería; Dán viendo la misma Kórút dos o tres esquinas más allá; Weszely, ajeno al tribunal y a Ferenc– condensa el sistema entero de relaciones: Dán no va al juicio pero “está ahí” a través de Erik; Weszely es víctima sin saberlo de la historia Dán/Ferenc/Erik; Madaras es testigo obsesivo que intenta traducir este entramado a lenguaje.A partir de 1961, la vida de Erik va deslizándose en espiral descendente: director de un centro cultural en una ciudad minera donde “ya todo llevaba muerto dos años”, conferenciante de divulgación para “muftíes del condado”, deudor crónico que acaba intentando sacar el magnetófono por la puerta para empeñarlo en Budapest. Se casa con Melinda, delicada, “como salida de los años veinte”, a la que arrastra a ese exilio provinciano sin agua corriente; la abandona más tarde, deja que el pasaporte de visitante llegue a la casa cuando él ya ha cruzado la frontera por segunda vez; años después, en Orly, sabremos por Dán que ha acabado como camarero en la piscina de la calle Dagály y luego quién sabe dónde: “probablemente alguien me dirá que lo ha visto en Honolulu, con un servicio de helicópteros, o en un burdel en Santiago… y que todavía entiende todo cuando le hablan en húngaro”. Sabemos que ocurrió con Madaras, su tesis. La institución, evidentemente, no lo tolera. En la charla “de rutina” con Boncz Elemér, el director le pregunta: “¿Qué querías con esto, hijo?”, y le exige que le diga si lo ha escrito él. Poco después, el mismo Boncz preside, junto con el jefe del Departamento de Bienestar, la audiencia disciplinaria donde, a partir de cuatro faltas injustificadas, se expulsa a Madaras de todas las universidades del país “por su conducta”. La tesis queda secuestrada durante casi diez años; él vaga sin título, trabaja con nombres falsos, dicta traducciones técnicas “a la luz de las velas” y se convierte, en el relato colectivo de la academia, en “el protagonista de la gran expulsión”.La novela entera gira en torno a la sensación de que los demás —Erik, Dóra, Ferenc, Orsolya, Boncz, Pongrác— son “protagonistas” de historias fuertes, mientras Madaras queda al borde, como testigo que nunca llega “a tiempo” (no besa a la chica del kayak, no interviene en el juicio, no tiene un lugar claro en el sistema). El quid filosófico de la novela matiza esa centralidad mostrando que cada uno de esos “personajes secundarios” es, a su vez, protagonista de una cadena de historias que escapan al control del narrador: Erik tiene su destino errático, sus deudas, sus decisiones suicidas; Dóra reorganiza su vida, sus matrimonios, su carrera; Ferenc pasa de heredero industrial a obrero, internado, camionero; Orsolya deviene figura casi mítica en Inglaterra.

Corolario de estos chicos húngaros: Erik Szász tras el juicio de divorcio de Ferenc en 1961, queda marcado y ya no puede hacer carrera en Budapest; termina como animador cultural en una ciudad minera, se arruina con deudas, intenta dos veces cruzar ilegalmente la frontera, pierde ese trabajo, sobrevive con traducciones y vendiendo poco a poco la biblioteca familiar, acaba de camarero en la playa de Dagály y finalmente emigra; de él solo quedan rumores fantásticos (“Honolulu”, “burdel de Santiago”, etc.).Dán / Dra Dán: tras los años de academia y el triángulo con Ferenc, se casa varias veces; hacia 1970 está en su tercer matrimonio con un dentista, tiene cuatro hijos, vive cómodamente en un piso grande del Nagykörút y ocupa un puesto burocrático bien situado en la red de “organización científica” europea; es, a ojos de Madaras, alguien que “ha encontrado su lugar en la sociedad”, integrada y respetable, perfectamente adaptada al sistema.Ferenc Oroszi: gran amor de adolescencia de Dán y luego marido en el matrimonio que acaba en el juicio de 1961; hijo de gran industrial papelero nacionalizado, pasa por deportación al campo, servicio de trabajo forzado y luego trabajo duro de camionero; tras el divorcio se insinúa que vuelve a trabajar con su padre en la reparación de coches; su vida queda como la de un hombre golpeado por la historia pero relativamente estabilizado, en un nivel más bajo del que le hubiera correspondido por origen. Orsolya Szász: hermana de Erik, belleza legendaria; amante de Pongrác en Budapest, luego de grandes figuras en Inglaterra (Randall, Norton); acaba instalada en una casa casi aristocrática cerca de Oxford, con recursos, sirvienta y red de relaciones; vuelve un tiempo a Hungría, se casa civilmente, pero se retira de la órbita de la academia y de la vida visible, llevando una existencia discreta, en “otro mundo” social respecto a los viejos círculos de juventud.Imreh Pongrác: profesor adjunto obeso, intrigante, amante de Orsolya; perde su puesto académico, luego incluso su condición de profesor invitado; finalmente consigue una plaza bien pagada como supervisor de casas de cultura, donde acumula información y pequeños poderes sobre las carreras ajenas; cuando Madaras lo ve años después, está elegante, con maletín caro, pero como figura más bien patética, que no llega a reconocer a su antiguo alumno. Elemér Boncz: el gran profesor de teoría, doble premio Kossuth; pasa de salvador de intelectuales en la posguerra a burócrata obeso y libidinoso que acosa a alumnas (el motivo de la “electricidad” con Dán) y mantiene un piso secreto en Svábhegy; muere de un infarto post coitum en ese piso, hallado desnudo, y su muerte revela por primera vez a la esposa la existencia del apartamento; pese a sus miserias, muchos le guardan gratitud porque “les salvó la vida” o la carrera en 1948. Por último:Madaras István:De estudiante, se convierte en el observador obsesivo de todo el microcosmos de la academia y sus personajes.Es expulsado poco antes de terminar sus estudios, en 1961, por el escándalo de la inscripción insultante sobre Boncz (“TEVEN BOGOLY”, deformación de “töketlen bogoly”, viejo impotente) grabada en el cajón del armario con su letra, vinculada a su burla pública del profesor y a toda la cadena de tensiones entre Boncz, Dán y él; Boncz, como jefe de departamento y figura política, impulsa su exclusión, convirtiéndolo en la “gran expulsión” de la que todos hablan luego como leyenda. Después vaga laboralmente: trabajos bajo pseudónimo, traducciones técnicas, tarjetas perforadas, dictados para empresas; nunca consigue construir una carrera académica estable, vive de encargos y de la memoria de todo este mundo que, justamente, es lo que escribe.

Leave a comment