Recuerdo aun mi impresión al leer la histriónica “Catch-22” de Joseph Heller a fines de los 90. Por azares del destino he extraviado mis notas para compartirlas en este instante pero, al poco tiempo, visitando en ese entonces el tiradero de libros de ocasión en el callejón de la Condesa en mi Ciudad de México, cayó en mis manos esta masterpiece de no más de 20 páginas “World Full of Great Cities” publicada en 1955. Con mucha probabilidad escrita simultáneamente con Catch-22 en 1953, aunque Catch-22 se publicara hasta el 61. Para empezar, la economía filosófica narrativa de “World Full of Great Cities” es impresionante. En unas cuantas páginas Heller no solo antecede el mismo espíritu heideggeriano, el Geworfenheit, que circunda aquella sátira bélica encarnada por su antihéroe el capitán Yossarian, sino que puede muy bien recomendarse -así lo hice a más de dos alumnos en la facultad de periodismo en a Universidad Veracruzana- como la alusión estética (literaria) de la postura teórico y ensayística de Herbert Marcuse en “Eros y civilización” del mismo año 1955. En resumidas cuentas, podría resumirse el relato así: Sidney, un joven mensajero de telégrafos de casi 15 años es enviado a un lujoso edificio de apartamentos, en uno de los cuales es recibido por una frondosa rubia llamada Skelly, quien chabacanamente desde la puerta le interroga y finalmente, con el pretexto de que el marido está aun ocupado, le invita a pasar.

Poco después aparece el marido de Skelly, un hombre que trabaja en la radio, y tras una breve conversación, ambos le hacen a Sidney una propuesta insólita: le ofrecen dinero -comienzan con un billete de 10 dólares- para que finja ser el novio de Skelly. En pocos párrafos como ya señalé, la situación se torna progresivamente más incómoda y emocionalmente intensa por las reacciones absolutamente naturales de pudor, ora miedo y nerviosismo del chico mientras Skelly le dice que luce guapo y que seguramente tiene muchas novias, y así por el estilo. Primero ella y también el marido le dijeron que le recordaba a su hijo y Sidney, con mucha renuencia sin estar lleno de pavor y vergüenza es convencido con otro billete, mientras Skelly le abraza, aunque no para de repetirle al marido que el chico está demasiado joven. El problema es cuando la mujer intenta besarlo en la boca y rompiendo en llanto, el marido se muestra cada vez más desesperado hacia ambos.

Ante la extrañeza y tensión del momento, Sidney decide rechazar la oferta y abandonar el lugar. Antes de irse, recibe un pago por el tiempo invertido y la instrucción explícita de olvidar todo lo ocurrido. Pero esto que acabo de resumir no sustituye la maestría de Heller porque antes de que Skelly se suelte en llanto se presiente sin que se diga que también ella es presa del pathos irremediable del marido. Veamos:
El núcleo filosófico de este relato va más allá del aburrimiento de dos burgueses adinerados que ponen billetes en su mensajero para desahogar un retorcido pathos, más bien, gira en torno a la alienación existencial y la incomunicabilidad del ser humano consigo mismo. La metáfora central que por cierto da nombre al relato la afirma el marido al chico, como para que se relaje, le dice: “La mente humana es una gran ciudad en la que el individuo siempre está perdido. Pasa toda su vida buscando a tientas, tratando de encontrarse a sí mismo”. Pero esto que dice, va hasta la muerte: “Seguimos siendo extraños cuando morimos”, lo que se puede interpretar como la búsqueda de autoconocimiento humano y su rotundo fracaso visto en frustraciones. El chico sigue sin aceptar el dinero y el marido continúa: “¿No ves un mundo lleno de brazos desnudos que tantean a ciegas?”, refiriéndose a “Un brazo desnudo en cada cerebro tanteando su camino a través de una gran ciudad negra”.

Este razonamiento inrtrenta normalizar el proceso de auto indagación como algo físicamente doloroso: “Puedo sentir el brazo en mi propia cabeza. Me duele la cabeza. Puedo sentir los dedos que tantean a través de los tejidos”. La consciencia se convierte así en una exploración ciega y dolorosa dentro del propio cerebro. A eso se refiere las enormes ciudades, a las zonas erróneas y vastas de las que hablaba Wayne Dyer en los 70s para auxiliar o autocorregir al Dasein de Heidegger por ser arrojado a un precipicio sin fondo. Cuando la mujer besa al chico, este está “demasiado asustado para moverse” (NOTA: las comillas son textuales del relato). El hombre observa que el muchacho permanece pasivo y ella la rubia exclama: “¡Él no está haciendo nada!”. Este comentario de ella no expresa rechazo moral hacia la situación sexual que ellos mismos han orquestado, sino frustración ante el fracaso del experimento. Sí, experimento. La escena debe interpretarse como un acto de desesperación compartida por ambos personajes adultos, no como evidencia de escrúpulos morales tardíos. El hombre había explicado previamente que querían que el muchacho ocupara el lugar de su hijo ausente, aunque el narrador señala que “el chico recordó lo que le había dicho la mujer y supo que el hombre estaba mintiendo”. Skelly finalmente grita: “¡No sirve de nada! Es demasiado joven”, y el hombre inmediatamente le dice con malestar, pide “un chico mayor”. Esta petición confirma que no están rechazando el acto en sí, sino buscando un participante más apropiado que pueda cumplir mejor la función psicológica que necesitan.La mujer colapsa emocionalmente en ese instante. “Sus hombros temblaban y el chico supo que estaba llorando. Sintió los sollozos gigantescos recorrer su cuerpo”. Lo inquietante, el llanto no proviene de culpa o arrepentimiento moral, sino de la imposibilidad de obtener lo que buscaba: una conexión auténtica, aunque fuera mediante esta sustitución perversa.Su comportamiento representa un intento fallido de llenar un vacío existencial mediante una transgresión, no un momento de conciencia moral. La intensidad de ella es síntoma de necesidad desesperada, no de resistencia interna. Si “Eros y Civilización” recobra la tesis del Malestar en la Cultura de Freud, mutatis mutandis, como se puede ver “World Full of Great Cities” anticipa de manera extraordinaria varias premisas centrales que Herbert Marcuse desarrollaría posteriormente en su análisis de la alienación en las sociedades industriales avanzadas, particularmente en su obra fundamental “El hombre unidimensional” de 1964. Pensad en lo dicho por el marido: “La mente humana es una gran ciudad en la que el individuo siempre está perdido. Pasa toda su vida buscando a tientas, tratando de encontrarse a sí mismo” se adelanta a la noción marcusiana de la pérdida de interioridad y autonomía individual en la sociedad moderna. La imagen de estar “perdidos en una gran ciudad” y seguir siendo “extraños cuando morimos” delata la idea de Marcuse sobre la imposibilidad del sujeto de reconocerse a sí mismo en un sistema que lo ha colonizado internamente. Los personajes de Heller representan lo que Marcuse llamaría más tarde la “desublimación represiva”: individuos que buscan desesperadamente satisfacción a través de transgresiones sexuales, pero cuya infelicidad profunda (“Los dos somos muy infelices”
revela que estas experiencias no liberan sino que perpetúan su alienación
. El “experimento” que proponen es un intento fallido de recuperar autenticidad mediante la transgresión, anticipando la crítica de Marcuse a la falsa libertad sexual en las sociedades de consumo. Anticipándose a Marcuse, pero no a Freud como ya dije, revisad su Malestar en la cultura.


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