Zwei Ansichten/ Dos Opiniones (1965) by Uwe Johnson

Review by Fernando Figueroa

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A pesar de conocerse poco en Latinoamérica aunque haya sido leído por el propio Juan Rulfo quien lo menciona, Uwe Johnson fue otro de esos novelistas imprescindibles de la Alemania de posguerra y, concretamente para -Dos opiniones- “Zwei Ansichten” que ahora reseño, de la Guerra fría posterior a la miseria económica heredada por la derrota en ambos conflictos mundiales. Hace poco, volví a hartarme de esa entelequia mundial tan manida y socorrida por la doxa popular, el Cine y las letras, me refiero al “american dream”. Revisé uno de esos pathos que con orgullo rellena de forma mendaz, sí, repito, abulta con sueños en flagrante falsedad el imaginario social tanto de países emergentes como también de las Primaveras Árabes, especialmente cuando sus dictaduras o reinados totalitarios han sido derrumbados. No es autoengaño de los tunecinos, de los egipcios, sirios y demás. Tampoco es nuevo, como narra magistralmente Uwe Johnson en la Alemania del Muro. ¿Por qué hay falacia en el sueño americano? La respuesta aburrida es porque no se puede generalizar (Falacia de accidente Inverso) por aquellos casos particulares -aunque ya sean tantos que rellenen un harlem entero, verbigracia Little Sicilia, etc- que sí lograron la gloria, y tampoco por derrocar al tirano de Yemen o de Libia se alcanza la libertad como en Occidente. El choque frustrante no es un defecto cultural, ni religioso, sino el efecto de una promesa estructuralmente incumplible: que la forma liberal‑consumista de modernidad basta para garantizar libertad, dignidad y justicia. La Wikipedia solo dice de “Dos Opiniones” que se trata de una pareja de enamorados, entre un chico y una chica de la Alemania del Este y Oeste, respectivamente. Es cierto que Dietbert el chico, vive en la RFA y Beate es enfermera del otro lado en Berlín de la RFA, pero la alusión no solo es escueta, tampoco es exacta. Porque ni siquiera como subtexto prevalece el romance. Ya he dado mi versión aburrida y académica del asunto, os dejo que Uwe Johnson con Dos Opiniones comparta la versión inteligente y el romance de Dietbert más por su auto deportivo, que por su guapa enfermera.

Un fotógrafo de provincia de Alemania Occidental, Dietbert, convierte un coche deportivo rojo en el eje de su identidad y de su ascenso social. Dietbert, joven fotógrafo de una ciudad provincial de Holstein, que gana bien vendiendo fotos al suplemento local del diario pero sigue viviendo modestamente en una habitación sobre un cine y con un coche viejo. El Ayuntamiento le compra un gran paquete de fotografías para un volumen conmemorativo, operación que solo se concreta cuando él acepta retirar imágenes demasiado crudas del programa de asistencia social, lo que le provoca vergüenza moral al mirarse al espejo. Con ese dinero y sus ahorros, adquiere, tras un accidente y rescate en una esclusa, un coche deportivo extranjero semihundido, regateando al dueño que desea librarse de él; invierte en reparaciones y ese coche se convierte en un objeto único en muchos kilómetros ala redonda. Para él, el coche se vuelve tan indispensable como un reloj para otros: valora cada detalle material (pestillos, emblema, llantas, color rojo en el patio gris) y a veces se levanta solo para mirarlo desde la ventana. ¿Con quién es el romance? Con el sueño, claro. No hace falta decir que la novela está situada explícitamente en 1961, o sea, en plena construcción del Muro y en el contexto del llamado milagro económico de la RFA, no en la miseria inmediata de la posguerra del 45–49.Es decir: ya estamos en una Alemania Occidental integrada en la economía de mercado, en la Alemania que más destila ciertos rasgos del American dream por la expansión del consumo y movilidad social basada en el ingreso. En ese clima, que combina recuerdo de la escasez (aunque yola llamé miseria supra) y nueva abundancia, que un fotógrafo de provincia imprima el número de su cuenta en la tarjeta no es un gesto excéntrico sino síntoma: la profesionalidad se mide en capacidad de facturar y capitalizar la propia mirada; la identidad de “fotógrafo” se anuda al flujo de dinero que lo saca de la modestia de la posguerra y le permite comprarse un deportivo “único en cien millas”. El coche refuerza su prestigio en la ciudad: suben sus tarifas fotográficas, regala su viejo auto a una exnovia y se entrega a un culto casi fetichista del vehículo, que limpia y pule obsesivamente, disfrutando de la admiración de los muchachos y de la atención de las chicas. Es consciente de lo impropio que resulta presentarse con el descapotable en incidentes locales (incendios, accidentes, ceremonias) y al dueño del periódico le preocupa la imagen de que en su negocio se gana tanto dinero, pero Dietbert sigue seducido por el placer de conducir en la nueva circunvalación.

Fijaos que, más que pura codicia individual, Uwe Johnson deja ver cómo un sujeto joven de la RFA tardía se proyecta a sí mismo en el imaginario social que ya aludí de “economía social de mercado”: éxito = consumo visible, objetos distintivos, cuenta bancaria exhibible. ¿No os preguntáis cómo un simple fotógrafo alcanzó esa capacidad económica? Ese será el talón de Aquiles. El primer gran ingreso de Dietbert viene de un arreglo vergonzoso y hasta cierto punto despreciable por aceptar retirar las fotos que había tomado, que mostraban crudamente -pero la veracidad es intolerable ¿o no?- el programa de asistencia a ancianos y necesitados para que el Ayuntamiento publique un volumen “bonito”. En pocas palabras, aceptó el embute, una cantidad estratosférica como para darle rienda suelta a su propio sueño americano en la Alemania Occidental. Después de eso, de aceptar el soborno por sus propias fotos, al afeitarse, “apartaba la cabeza cada vez que se veía en el espejo”, es decir, hay una herida ética mínima: sabe que ha vendido una parte de su mirada crítica. Pero enseguida viene el mecanismo de defensa freudiano y, acto seguido, imprime el número de su cuenta bancaria en las nuevas tarjetas: la identidad profesional empieza a confundirse con la cuenta, con el flujo de dinero.
El coche rojo es la cristalización de ese dinero “fácil” (fácil en el sentido moral, no laboral): no es solo fruto de su trabajo, sino también de haber cedido al embellecimiento oficial de la realidad.

El problema será que le roban el auto. Su robo en Berlín Occidental, de hecho, coincide con el inicio del cierre de la frontera berlinesa y destapa su fragilidad: regresa humillado, vuelve a un trabajo subordinado, miente sobre el coche perdido y se siente ajeno a su propia ciudad. Paralelamente, la enfermera Beate, en Berlín Este, ejercita una frágil libertad: cruza a diario al Oeste para ver a una pariente, comprar bienes escasos y pasar medicamentos prohibidos, mientras construye una primera independencia afectiva y espacial en su habitación secreta y en la relación epistolar con Dietbert. El Muro transforma esa costumbre en delito potencial y la encierra física y simbólicamente. Beate vive y trabaja en Berlín Este, “en enero” ha empezado “algo” con “un joven de Alemania Occidental”: una aventura, un coqueteo, una semana, una relación, “un comienzo”; ella misma no sabe cómo llamarlo, obviamente es Dietbert. Por eso el robo en Berlín Occidental tiene tanta carga simbólica: no solo pierde un bien, pierde el emblema de haber logrado incorporarse, por fin, al nuevo orden económico de la posguerra.

La relación no prospera por la harta diferencia entre ambos. Dietbert intenta mantener el vínculo: llamadas bloqueadas, paquetes devueltos, una carta fría en que Beate le pide que deje de escribir. Oscila entre culpa, obligación amorosa y cobardía política, hasta que un encargo ajeno (entregar una carta de otro enamorado a su novia del Este) lo empuja de nuevo a Berlín. Allí fracasa: pierde la carta, no encuentra la casa de Beate, deambula por bares, se hiere en un accidente de tráfico, y termina reducido, en la mirada de un testigo, a un paciente con conmoción leve. Beate, por su parte, opta por la fuga: asume el pasaporte de “Martha”, memoriza una biografía prestada, rompe su abono del metro del Este y su documento, y se lanza, aterrorizada, a un corredor de tránsito internacional donde un mínimo fallo de gesto puede delatarla. La última escena la muestra desdoblada, viéndose desde fuera, casi despegada de sí misma, mientras trata de ejecutar el plan bajo luces de neón y vigilancia difusa.El quid filosófico pasa por la experiencia de la identidad fracturada en las condiciones político‑burocráticas de la Guerra Fría: los sujetos no coinciden consigo mismos, dependen de papeles, fronteras, discursos y objetos (el auto de marras, el pasaporte de nuevo cada mañana, el Muro) que median quiénes pueden ser. De este modo, Dos opiniones es inmejorable para exponer cómo el Estado, tanto en Este como en Oeste, se infiltra en la esfera íntima del amor, el trabajo y el orgullo, forzando a vivir en “dos versiones” simultáneas de uno mismo. ¿Pero os atrevéis a responsabilizar al Estado por la agenda mental de estos personajes en posmodernidad líquida (aunque Bauman aun no lo expusiera obviamente? Fijaos, Dietbert jamás supera su sueño roto, su desenmascaramiento sin el auto, su libertinaje o aspiración moderna, en cambio Beate prefiere el trabajo seguro antes que la especulación y el lujo, vive en un sistema que promete igualdad y sacrificio colectivo, aunque ella misma lo viva con ironía y malestar; arriesga su posición contrabandeando medicamentos, manteniendo una doble vida espacial y afectiva; su independencia pasa por habitar una habitación pobre pero propia, no por un objeto de lujo. Por eso, en las peleas políticas y prácticas con Dietbert, se percibe su renuencia: le molesta que él “solo pague” en el Oeste, que evite entrar al Este, como si solo una mitad de la ciudad contara realmente para él; le irrita sus modos como de turista/consumidor del Este y de Berlín, mientras que ella vive la frontera con una suerte de riesgo, barajando de papeles, en resumen, expuesta.

Mi corolario filosófico. Originalmente utilizaría a Herbert Marcuse -ya lo he hecho con Joseph Heller, con Bret Easton Ellis o con David Foster Wallace- quien criticó la desdicha de las entonces -sociedades industriales avanzadas- y su perniciosa forma de producir sujetos que se creen libres porque consumen y eligen, mientras sus necesidades están prefabricadas. Dietbert sería un “unidimensional” de provincia: cree que el coche y Berlín realizan su libertad. Pero haciendo a un lado que, como he mencionado en mis clases de periodismo y filosofía, Marcuse abreva del Malestar en la cultura de Freud, optaré por Zygmunt Bauman aunque se traten de contextos distintos, el decepcionante panorama en que las redes sociales han contribuido en forma innegable a empeorar la credibilidad de un imaginario social “engañoso” diciéndolo de forma educada, falaz para decirlo de forma académica y mentiroso si se trata de sustentarlo moralmente en cualquier ejemplo de país. Fijaos, para Bauman, en la modernidad líquida el sujeto es, cada vez más, lo que consume, no lo que produce. La autenticidad se mide por marcas, estilos de vida, movilidad.La cuenta bancaria en la tarjeta y el deportivo único “en cien millas” funcionan como señas compartidas que le permiten sentirse alguien: pertenecer al grupo de los que “han llegado”.


Su orgullo no está tanto en la calidad de su mirada fotográfica como en poder exhibir coche, viajes, bar caro en Berlín. El pathos aparece cuando esa identidad de consumidor distinguido se derrumba: ya no tiene coche, su viaje a Berlín acaba en fuga y hospital, su relato heroico sobre sí mismo se vuelve inverosímil incluso para él. Y en cuanto a lo romántico, Bauman explora las relaciones afectivas frágiles, reversibles, donde se desea experiencia sin compromiso duradero: “los vínculos escurren entre los dedos”. Con Dietbert y Beate: Dietbert vive el vínculo como algo que puede mantenerse a baja intensidad (cartas esporádicas, fantasías de reencontrarse “algún día”), mientras sigue con otras chicas, bares, coches; su promesa amorosa nunca termina de cristalizar en decisión concreta. Beate, en cambio, vive la relación en un contexto de riesgo real: cada cruce de frontera, cada carta, cada paquete tiene consecuencias políticas. Cuando ella corta (carta pidiéndole que no escriba), está solidificando una decisión que él había mantenido líquida. En pocas palabras, su pathos es también la constatación de que su “amor líquido” no resiste el choque con estructuras sólidas: el Muro, la policía, la censura postal.

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