Después de leerlo, Ya sabréis hacia donde os guiará vuestro olfato literario, ¿no es cierto? el pasadizo no os extrañe que sea la ontología de la identidad que ya Jorge Luis Borges ha abordado en su exquisito viacrucis metaliterario “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” Cf, https://wp.me/pguJCZ-q5.
Si alguna vez, como al narrador de este cuento extraño, os ha confundido en vuestra vida diaria -al regresar a casa- la curiosidad irrelevante pero persistente de no saber si esa manía de poner atencion en un lugar, o en este caso en una torre de oficinas, se trata de un sueño o de una intriga inexplicable. Veamos: el arquitecto empleado de la firma Barlow and Barlow en Londres, es quien no cesar de escrutar con atención -vada vez qe uede- la torre o más bien, el monolito abandonado cuyo vacío lo atrae como símbolo de pureza y aislamiento. ¿Pero cpo sabríamos si le recuerda a alguien o a algo si conforme avanza la trama, el arquitecto solo se acuerda de lo que ha pasado de cinco años a la fecha porque según recuerda, fue hallado por la policía vagando sin memoria, con el rostro reconstruido y partes artificiales. Pero esto que por sí solo es intrigante -la autopercepción de una extraña amnesia- no tendrá importancia hasta el día en que un extraño de piel plástica le entrega un folleto, “un hombre cuya piel parecía más de plástico que de carne” y cuyo ojo derecho es desproporcionadamente grande, rasgos que lo aproximan a un maniquí antropomorfo, le entrega un folleto, digo, aparentemente como publicidad que anuncia una instalación artística en esa torre, la torre que le ha llamado la atención hace rato y que allí en el folleto dice que es obra del arquitecto reconvertido en artista Eleazer Golmi, titulada Maniquíes en aspectos del terror. Lo que originalmente fue extraña suspicacia por el edificio de marras, se convierte entonces gracias al prurito de la curiosidad en genuina obsesión.

El protagonista acude y recorre los pisos desiertos, hallando maniquíes que parecen dotados de conciencia y atrapados en gestos de horror. Un manifiesto de Golmi revela su propósito: capturar mentes inmortales dentro de maniquíes para eternizar el sufrimiento.Golmi es, por tanto, la figura del demiurgo perverso ya que diseñó la torre y ahora la utiliza como contenedor de su “universo cerrado de terror”. El narrador sufre rigidez y pérdida de control, comprendiendo que él mismo es uno de ellos. La aparición final de Golmi, mitad hombre mitad muñeco, confirma el destino: ha regresado al creador que lo condenará a una agonía eterna.

A partir de este desconcertante relato puedo reflexionar la conciencia humana contemporánea desde dos arterias filosóficas igualmente inquietantes. Una con Jean Baudrillard en su “Simulacra and Simulation” porque describe una sociedad saturada de simulacros, donde la realidad es sustituida por signos y modelos sin origen ni referente; la experiencia humana se vuelve pura simulación. Justo como se aprecia con el arquitecto, ¿cuántos no hacemos lo que hacemos sin que nos importe el sentido de esa profesion u oficio que hemos elegido?La idea de que la identidad humana es una “ilusión escénica” que encubre que somos como maniquíes se aproxima a Jean Baudrillard porque si vemos lo que atrae más a la juventud, los influencers y líderes de opinión de sub tribus, vivimos como copias sin original, “muñecos” de sistemas simbólicos, listos para el consumo, conformes con vivir para los medios y recreando nuestro propio espectáculo. y dos, la conciencia como la
concibe Thomas Ligotti de cuya influencia no se escapa el autor Mark Samuel, Ligotti afirma en The Conspiracy Against the Human Race que la conciencia es “una maldición” porque no nios da descanso de nuestros actos, que la existencia es un “crimen cósmico” y que el único “consuelo” honesto sería no traer nuevos seres al mundo, tesis anti demográfica. Y de hecho, las premisas de Ligotti dan sentido a la conciencia aprisionada del arquitecto en un maniquí; un maniquí eterno si Golmi no bromea. Una conciencia donde se ha normalizado y apenas se disfruta la inmersión del terror humano, de acuerdo al plan estético sádico de Golmi. El manifiesto que el arquitecto encuentra detalla el propósito metafísico de Golmi. Su quid es criticar el “arte del falso terror” que solo ofrece “un escalofrío placentero, la sensación de acercarse sin llegar”, y propone, en cambio, una “inmersión en el terror”, donde “el individuo es blanco de ese terror y participa directamente de él”. Dice, “Para que la obra de arte sea auténtica, también él [o sea, el artista] debe ser partícipe de ella, sentir el terror que crea”. Puf, veamos.

Ejemplo de “falso terror”
Una casa del terror de parque temático donde sabes que las sombras, gritos y monstruos son actores, animatrónicos y efectos de sonido.Buscas “un escalofrío placentero, la sensación de acercarse sin llegar”: saltos, adrenalina, risa nerviosa. Hay salida clara, normas de seguridad, personal con walkie-talkie; el miedo está envasado y controlado. Metáfora actual: un “escape room de terror” caro de Airbnb Experiences, donde todo está calibrado para el entretenimiento; sales, tomas fotos para Instagram y sigues con tu vida.
Ejemplo de “inmersión en el terror” es en cambio prácticamente si se hace la transcripción posmoderna con redes sociales. Una guerra transmitida en vivo en Youtube o TikTok, o un colapso climático local simultáneo como un incendio o inundaciones que destruye tu propia ciudad: Tú, el lector, el internauta igual que el arquitecto que era un maniquí, y que podría ser solo un humano que se siente así, eres el “blanco” del horror: pierdes casa, trabajo, seres queridos.No hay butaca, no hay salida marcada, no hay “staff”; el acontecimiento reconfigura tu vida y tu psique.
Así entonces, el cuento es devastador, conciencia sin identidad ontológica por la simulación debido a Baudrillard, o existencia como maldición con Ligotti.

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