Clarke es incisivo, como siempre. Por un momento parece que las enfoscadas o desconchadas casas se desmoronan en el lastimero guión, pero la estructura es de fábrica de ladrillo y no de hormigón como se ve. Jim Cartwright gracias a Clarke es dolorosamente superlativo. No será la excepción con esta constelación de seres en zozobra, la calle de County Dunham está menos rota que las voces ¿Habrá orgullo del servicvio militar como antes, el pertenecer a la RAF? O más bien el pasado está perdido y estos personajes son su reflejo instantáneo durante la crisis thatcherista de los 80. “No puedo ver cómo ese momento pudo convertirse en este momento. Tan horrible para mí y tan complicado para mí. Ser pobre… es inútil.”

Joe y Claire son un tandem de este neurasténico coro británico que, curiosamente mostraba spintomas nada distintos a la URSS moribunda de 1987 en pleno Glasnost de refromas aceleradas de Gorbachov y se veían colas largas, racionamiento y desabasto de productos básicos, mientras el déficit presupuestario estallaba y los salarios reales perdían valor. Es decir, quiza en Moscú hubo almas que repetían agobiadas, como esta mujer despotricando por el inútil y briago marido “no podemos volver a lo de antes? ¿no podemos? ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué me quedo? Menuda vida, levántate y alimenta todos los bebés de la casa.” Y que pensais de aquella otra, misma fiebre de condena actual, misma arritmia existencial, mismo delirio siguien al ex militar ebrio ¿Donde está tu campamento?, nunca me dijiste”. Pero volviendo al desempleado Joe, encarna la versión “callada” de esa visión donde la vida es una trampa: se deja morir de hambre, como si la única agencia posible fuera retirarse de una vida que ya no ofrece nada, lo que él mismo liga al “sin trabajo, sin esperanza” y a la sensación de haber llegado a un punto muerto.Claire dispara en palabras lo que en Joe es puro gesto y grito hueco: “La vida no puede ser solo esto, puede?… Por ahí va la locura… Todo es cuestión de clase… Sin trabajo, sin esperanza”, articulando que la miseria no es solo personal, sino de clase y de época. Aunque ella sale, baila y fantasea, su discurso repite el decadente semblante epocal donde el presente es intolerable y lo único que queda es anestesiarse, el autoengaño (fiesta, música, alcohol) o empujar el límite del riesgo, pero siempre dentro de un sistema que los devuelve al mismo lugar. Clare, en un manojo de razonamiento agrios se desmorona como Joe e intuye que ni siquiera espiritualmente hay mucho que esperar: “Siempre te equivocas, no es así? Ahora nunca es como lo deseabas! Siempre hay que arreglárselas! Todo es una decepción!”, o bien, “Quiero magia. Y milagros. Quería que Jesús viniera y cambiara las cosas de nuevo… Que no nos dejara seguir olvidándolo.”
“Trabajar, trabajar, trabajar, trabajar, trabajar. Salarios pequeños, salarios pequeños… luego la muerte con D mayúscula. De todo ello no queda ni un solo olor.”
“Sin trabajo, sin esperanza, tienes que hacer la pregunta.”


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